Cruzando el Océano Atlántico, entre las aguas agitadas del mar, y las conversaciones que surgen sin prisa, hablo con el mesero filipino que lleva meses lejos de su casa, con la joven hondureña que sirve tragos con una sonrisa que es también diciplina, con el trabajador africano que mantiene impecable el camarote, como si cada detalle fuera una forma de dignidad.
En esas platicas breves, casi siempre interrumpidas por el ritmo del servicio, surge una pregunta que tiene casi el mismo peso que el océano:
¿Qué fuerzas del mundo han decidido que unos disfruten mientras otros sostienen ese disfrute?
Porque en este barco que es un espacio de ocio y diversión suspendido del tiempo, las jerarquías no se ocultan: se ven en los acentos, en los turnos interminables, en las sonrisas que se apagan.
Y desde una mirada de artista no puedo evitar ver este escenario en donde los países que aportan la mayor parte de la mano de obra como, Filipinas, Honduras, India, algunos de Africa occidental, son los mismo que quedaron atrapados en estructuras que limitan sus oportunidades. Nada de esto es casual, es la continuidad de un orden global que reparte el descanso y el sacrificio de manera desigual, generación tras generación.
Y como sabemos el arte tiene esa función: evidenciar lo que la costumbre vuelve invisible, mostrar la estructura que la sostiene.
Es una forma de mirar lo que el mundo prefiere no ver.
Profa. Mayra Núñez P.
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Galeria Mayra
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