Sonámbulos

Por qué la industria de la moda vuelve a amenazar la diversidad corporal

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US actress Demi Moore arrives for the Closing Ceremony at the 77th edition of the Cannes Film Festival in Cannes, southern France, on May 25, 2024. (Photo by Sameer Al-Doumy / AFP)

Redacción: Michelle Velázquez Belmont  

Análisis del retorno de la estética de delgadez extrema en pasarelas mundiales. El impacto del Ozempic en la moda y el retroceso de la inclusión de cuerpos. 

La industria de la moda, conocida por su naturaleza cíclica, parece estar recuperando una de sus tendencias más oscuras y peligrosas: la glorificación de la delgadez extrema. Recientes desfiles en las capitales más influyentes del mundo, como el Milan Fashion Week de 2026, han encendido las alarmas de especialistas en salud y observadores culturales al mostrar una estética que evoca directamente al “heroin chic” de los años noventa. Esta regresión no es solo un cambio de silueta en las pasarelas, sino una amenaza directa a los avances logrados en materia de diversidad corporal y salud mental durante la última década. 

El retorno de este canon estético se ha vuelto evidente en colecciones de casas de lujo donde la fragilidad y la palidez extrema han vuelto a ser protagonistas. En los noventa, figuras como Kate Moss personificaron un ideal que incluso el entonces presidente Bill Clinton calificó como destructivo.  

Sin embargo, hoy el panorama es más complejo debido a la rapidez con la que estas imágenes se filtran a través de las redes sociales, impactando de forma inmediata en la percepción propia de millones de jóvenes. La moda construye imaginarios y, cuando el mensaje repetitivo es que solo un cuerpo extremadamente delgado es deseable, las consecuencias se miden en vidas humanas. 

Las estadísticas respaldan la gravedad del asunto. Se estima que más de 70 millones de personas en el mundo conviven con algún trastorno de la conducta alimentaria (TCA). Estudios recientes indican que la prevalencia de estas afecciones ha crecido significativamente desde el año 2000, afectando especialmente a adolescentes.  

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La exposición constante a estándares corporales casi imposibles de alcanzar sin poner en riesgo la salud fomenta cuadros de ansiedad, depresión y baja autoestima. Resulta paradójico que, tras años de impulsar movimientos como el body positivity o la inclusión de modelos de diversas tallas, las marcas más influyentes parezcan coquetear nuevamente con una estética que romantiza la apariencia enfermiza. 

El problema no radica en la existencia de cuerpos delgados, pues la diversidad implica aceptar todas las fisionomías. La preocupación surge cuando la variedad desaparece y se impone un estándar único y extremo como la meta aspiracional. Esta falta de representación realista borra de un plumazo los esfuerzos por profesionalizar la industria y proteger a las modelos, quienes a menudo son las primeras víctimas de estas exigencias editoriales. 

La moda tiene el poder de cambiar tendencias cada temporada, pero los daños culturales de sus decisiones suelen perdurar por generaciones. Es fundamental que las audiencias y los creadores de contenido mantengan una postura crítica frente a este retroceso.  

La verdadera innovación en 2026 no debería ser volver a un pasado que causó tanto daño, sino consolidar una narrativa donde la salud y la diversidad real sean el estándar innegociable. No se trata de censura, sino de responsabilidad social ante una industria que, al vestir cuerpos, termina moldeando mentes. 

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