Redacción Marlone Serrano
El Estadio GNP Seguros se convirtió este miércoles en el epicentro mundial del perreo durante el primero de los ocho conciertos que Bad Bunny ofrecerá en la Ciudad de México como parte de su gira Debí Tirar Más Fotos
. Desde el primer acorde, miles de asistentes convirtieron el recinto en una coreografía colectiva de sudor, luces y euforia.
La noche inició con La Mudanza, desatando una ola de movimientos que marcó el ritmo explosivo de un espectáculo sin respiros. Entre humo, destellos y el sonido del Caribe, el público se entregó sin reservas a cada beat del artista más escuchado del planeta en 2025.
“¡Mira, ya empezó el mar de traseros!”, gritó Mariana, de 22 años, mientras el estadio vibraba al ritmo del reguetón. Fue solo el comienzo de un recorrido musical que abarcó reguetón, salsa y fusiones electrónicas que mantuvieron encendida la energía en cada sector.
Un show dividido en tres actos
El primer tramo incluyó temas como Pitorro de coco, Weltita, Turista, Baile inolvidable y Nuevayol, con el personaje del Sapo Concho como interludio cómico. En la segunda parte surgió “La Casita”, un segundo escenario montado en la zona General B, diseñado como réplica de una casa tradicional de Humacao, Puerto Rico. Con más de 12 metros por lado, se convirtió en uno de los momentos más simbólicos de la noche al acercar la esencia del Caribe al público capitalino.
Los asistentes, muchos de ellos recorriendo el estadio para no perder detalle, se encontraron con secuencias que incluyeron Veldá, Tití me preguntó, Neverita, Si veo a tu mamá en versión techno y Voy a llevarte pa’ PR. La conexión emocional alcanzó a varias generaciones: “Yo no escucho reguetón, pero hoy me vale”, confesó Mariela, de 56 años, mientras perreaba con brillantina en las mejillas.
En la última parte, el artista regresó al escenario principal para entregar un cierre apoteósico con Ojitos lindos, Dákiti, Tarot, No me conoce, Cómo se siente, El apagón, DtMF y Eoo. “No sé si realmente viajé a Puerto Rico… pero salí diferente”, dijo una fan al final del concierto, exhausta y radiante.
Multitudes, economía y polémica logística
Desde días antes, el Estadio GNP era un campamento improvisado: fans con pancartas, hieleras, botellas brillantes y outfits estridentes esperaban abrir la noche. Algunos viajaron miles de kilómetros y otros acamparon hasta 72 horas para asegurar un buen lugar. “Gasté 40 mil pesos, pero tenía que verlo”, relató Danna, de 20 años, llegada desde Tijuana. Felipe, de Chiapas, compartió la emoción: “Esto es otra dimensión”.
Sin embargo, el montaje del show también generó controversia. La promotora Ocesa reveló ajustes en la estructura del estadio, como la instalación de La Casita y la habilitación de la sección “Los Vecinos”, detrás del escenario principal. Mientras unos criticaron la visibilidad reducida, otros celebraron que más sectores tuvieran acceso al espectáculo. Se ofrecieron reembolsos para quienes no estuvieran conformes.
En lo económico, el impacto es monumental. La Cámara Nacional de Comercio estima que los ocho conciertos dejarán más de 3 mil 228 millones de pesos en derrama económica, impulsados por turismo, hospedaje —con ocupación cercana al 90 por ciento— y consumo dentro y fuera del recinto.
Con fechas programadas para los días 11, 12, 15, 16, 19, 20 y 21 de diciembre, se espera que entre 500 mil y 520 mil personas asistan a lo que ya se perfila como uno de los eventos musicales más grandes del año.
La primera noche dejó una imagen clara: luces como luciérnagas, gargantas rotas de emoción y un estadio transformado en un templo que vibró con cada beat. Bad Bunny no solo ofreció un concierto; consagró al Estadio GNP como la nueva catedral mundial del perreo.

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