Redacción: Naomi Vargas
Viajar no es solo desplazarse: es reencontrarse con uno mismo. Según el psicólogo Andrew Stevenson, viajar transforma nuestra mente y nuestras emociones. Incluso un paseo dentro de tu propia ciudad puede generar el mismo descubrimiento que un viaje al extranjero.
Viajar se ha convertido en sinónimo de libertad emocional, de romper rutinas y de tocar una versión diferente de nosotros mismos. Sin embargo, pocas veces reflexionamos sobre por qué un cambio de escenario nos afecta de forma tan profunda. Andrew Stevenson, psicólogo cultural y experto en el estudio del viaje como fenómeno emocional, explica que lo que nos transforma no es la distancia recorrida, sino la apertura con la que nos relacionamos con el mundo. Cuando viajamos, dejamos de actuar en piloto automático: observamos más, cuestionamos más y nos permitimos sorprendernos. Esa combinación nos conecta con una parte de nosotros que en la rutina cotidiana queda dormida.
Stevenson identifica dos grandes formas de viajar: el viaje hedonista y el viaje eudaimónico. El primero está asociado con el placer: descansar, desconectarse, comer rico, tomar un descanso necesario. El segundo busca transformación: aprender, conocerse, crecer y exponerse a situaciones nuevas. Aunque ambos pueden coexistir, el viaje eudaimónico es el que deja huellas emocionales duraderas. Cuando estamos abiertos a lo desconocido, nuestra mente se flexibiliza, nuestra empatía aumenta y nuestro sentido de identidad se expande. En pocas palabras: regresamos distintos, aunque el pasaporte no tenga sellos nuevos.
Pero Stevenson es claro en algo: viajar no nos vuelve mejores por arte de magia. Si viajamos solo para tomarnos fotos, para replicar lo que otros hacen o para cumplir con expectativas ajenas, la experiencia es superficial. El psicólogo lo resume en una idea poderosa: el viaje transforma únicamente cuando permitimos que algo en nosotros se mueva también por dentro. Esto implica aceptar la incertidumbre, conversar con desconocidos, permitirnos estar perdidos, explorar sin mapa y abrir espacio al azar. Ahí es donde ocurre la transformación real.
La tecnología, aunque facilita el traslado y la logística, ha reducido la esencia del viaje: descubrir. Con mapas que todo lo resuelven, comentarios que dictan dónde “sí vale la pena ir” y fotos que condicionan nuestras expectativas, viajamos sin permitirnos explorar. Stevenson propone una alternativa: recuperar la curiosidad. Preguntar direcciones, caminar sin rumbo, permitir que el destino no esté definido. Volver a lo impredecible es reconectar con el asombro.
El psicólogo introduce un concepto clave: la mentalidad viajera cotidiana. No necesitamos un vuelo internacional para sentir que estamos viajando. Podemos explorar un barrio diferente dentro de nuestra ciudad, probar comida nueva, observar detalles que antes ignorábamos o simplemente caminar sin un destino fijo. Viajar —dice Stevenson— es una actitud. Cuando adoptamos esta mentalidad, descubrimos que el viaje más profundo ocurre cuando nos abrimos al mundo desde la curiosidad y no desde la prisa. A veces, no necesitamos kilómetros. Solo necesitamos mirar distinto.
Viajar no es una huida: es un encuentro con otra versión de nosotros mismos.
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