Redacción: Guicel Garrido
Más allá de los éxitos internacionales, la nueva serie de Prime Video, “Tengo que morir todas las noches”, rescata la memoria de la Ciudad de México en los años 80. Un relato crudo y necesario sobre una generación que encontró en la vida nocturna un refugio frente a la represión estructural y la lucha por el derecho a existir.
En los últimos años, la pantalla chica ha experimentado una necesaria revolución de colores. Series como Heartstopper o Jóvenes altezas han logrado que el amor y la identidad adolescente conecten con audiencias globales desde la ternura y la honestidad. Sin embargo, estas historias suelen tener un código postal europeo o estadounidense. Es en este vacío narrativo donde surge una propuesta necesaria para la memoria histórica de América Latina: “Tengo que morir todas las noches”.
Disponible en Prime Video y basada en la obra homónima del cronista Guillermo Osorno, esta serie no solo es un ejercicio de nostalgia; es un testimonio de resistencia en una de las décadas más complejas de la Ciudad de México: los años 80.
La trama nos conduce a través de los ojos de un joven aspirante a periodista que llega a la Ciudad de México buscando mucho más que una carrera universitaria. Su viaje es el de miles: el escape de un origen opresivo hacia una capital que, aunque prometía libertad, también exigía un coraje desmedido para sobrevivir.
La serie retrata con precisión una ciudad atravesada por tensiones políticas y una discriminación que no era solo vecinal, sino estructural. En los 80, existir fuera de la norma era un acto de rebeldía frente a instituciones que preferían la invisibilidad de lo diferente.
Uno de los pilares narrativos de la producción es el retrato del bar nocturno. Lejos de los clichés de la fiesta superficial, la serie presenta estos espacios como auténticos refugios y hogares.
- Puertas adentro: La música fuerte y las luces permitían que el miedo se disolviera. Era el único lugar donde quitarse la máscara, tomarse de la mano y besarse sin permiso.
- Puertas afuera: La represión acechaba en cada esquina, obligando a muchos a llevar una doble vida marcada por el acecho policial y el rechazo social.
A través de una galería de personajes entrañables, “Tengo que morir todas las noches” explora el concepto de la familia elegida. Ante el abandono o la violencia de los núcleos biológicos, los protagonistas construyen redes de cuidado donde el humor y la complicidad sirven como escudo contra el dolor.
Más allá del drama, la serie es un recordatorio de que la libertad actual tiene raíces profundas en la resistencia de aquellos que, noche tras noche, decidieron ser ellos mismos a pesar de todo. Es, en esencia, una historia sobre el derecho a existir que hoy, finalmente, encuentra un altavoz en el mundo del entretenimiento global.
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