Desde hace un par de décadas los estados-nación se han interconectado progresivamente en un modelo de transformaciones y flujos globales en los que se han desarrollado conexiones en prácticamente todas las áreas de la actividad humana: Los bienes materiales, los valores éticos y morales, la economía, el conocimiento, la educación, las comunicaciones, el medio ambiente, la alimentación, la ciencia, la salud… así como la violencia, la contaminación, las guerras, la sobreexplotación de recursos naturales, el calentamiento global, la corrupción, el cohecho, la hambruna, la pobreza, el tráfico de armas y de personas… caracterizados por modelos fijados en el poder, las jerarquías, el clasismo, el racismo y la estratificación social que convulsionan a todo ser viviente y a los ecosistemas.

 

Por lo tanto, los hechos contrarios a la racional justificación, resultan en que buena parte de la humanidad nos adscribimos a principios de igualdad y, en el día a día nos encontramos continuamente con la inequidad.

 

Esta percepción de quienes controlan la mayoría de los sistemas sociales, las economías y el ámbito político, ha sido el más perverso y eficiente instrumento utilizado contra todo aquel que les sea distinto, por efecto de que no comulga con su ideología e intereses.

 

Consecuentemente, las propuestas en torno a la noción de eliminar la lucha de clases han recibido gran aceptación, principalmente, en los entornos académicos e intelectuales, ya que la osadía de los grupos elitistas no se dirige exclusivamente hacia los sistemas de organización social y económica basados en la propiedad y administración colectiva o estatal de los medios de producción y distribución de los bienes, sino también apuntan duramente hacia las democracias.

Por lo tanto ¿es posible excluir la desigualdad y la discriminación? Para ello habrá que observar con mayor atención cómo en la agenda internacional, la mayoría de los países han establecido acuerdos con la intención de eliminar los obstáculos que existen para el desarrollo político, económico, social, cultural y medioambiental en el mundo, curiosamente, dos de estos obstáculos son la desigualdad y la discriminación.

Desafortunadamente en la mayoría de los protocolos no se aplica la protección jurídica en la defensa, ni en la promoción de los derechos humanos.

 

En ese sentido, los progresos en el plano internacional han sido numerosos para regular —de forma constante— el derecho a la igualdad y el principio de no discriminación con la adopción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, en donde los gobiernos adscritos a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) reafirman los derechos inherentes a la dignidad y el valor de las personas, así como en la igualdad y justica entre hombres y mujeres al articular que:

«Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados con conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros» decretando además la no discriminación por ningún tipo, incluida en el texto del artículo segundo de la misma declaración.

 

Desde entonces, los Estados se comprometieron a trabajar unidos para promover el progreso social y elevar las condiciones de vida para todo ser humano, para lo cual se dieron a la tarea de formular instrumentos de carácter vinculante que certifiquen el logro de este objetivo. Pero después de 73 años, más que poder disfrutar de una mejor calidad de vida, todas las circunstancias que oprimen están más que fortalecidas por lo que ahora se conoce como «Nuevo orden mundial» que traducido resulta en la «Globalización de la injusticia y la pobreza».

 

Como dato, el próximo mes se cumplirán 32 años de un suceso que marcó el fin de una etapa y el comienzo de otra. El 9 de noviembre de 1989 los ciudadanos de la Alemania del Este destruían el Muro de Berlín, acabando de esta manera, con el mayor símbolo de un orden que había regido los destinos del planeta por casi medio siglo.

 

Durante los años de la postguerra fría, se produjeron acontecimientos que fueron alineando la liquidación del viejo sistema y la aparición de distintivos y sesgos que configuran el mentado nuevo orden.

 

Por extraño que parezca, uno de los cambios más significativos acaecidos en el naciente escenario mundial se refiere a la seguridad, por lo que si antes este término representaba significados diversos y su estudio se abordaba desde perspectivas diferentes, en el actual panorama adquiere carácter pluridimensional y global que ha conllevado también a otro enfoque en el concepto de la defensa de las naciones, antes vinculada al propio territorio de cada país, a unas amenazas ciertas y ahora proyectado a otros entornos estratégicos donde se cuestionan intereses propios y compartidos de un minúsculo grupo de personas que protervamente controlan el poder económico y armamentista.

 

Entonces, si en el orden anterior las crisis eran predecibles y controlables estratégicamente, el final de la confrontación alemana ofreció un escenario en el que la inestabilidad del entorno, la incertidumbre asociada a la evolución de los acontecimientos y el fenómeno de la globalización otorgan una nueva dimensión a los conflictos y tensiones que por consiguiente se generan a las amenazas de seguridad hacia todas las naciones.

 

Por ello, numerosos investigadores y expertos han estudiado el fenómeno de lo que esa avariciosa élite ha convenido en llamar «Nuevo orden mundial» y del conjunto de sus reflexiones pueden extrapolarse una serie de características que están conformando el marco geopolítico y geoestratégico en lo inmediato.

Contrariamente a lo que se podría intuir, el trabajo de lo que en el mundo anglosajón se conoce como Policy Planning no es tratar de predecir fielmente lo que deparará el futuro —eso sería inútil e incluso contraproducente— ya que una visión prefijada del porvenir puede convertirse rápidamente en un sesgo cognitivo que impida reconocer nuevos patrones y cambios inesperados.

Por lo que su labor es la de proponer líneas de acción política que permitan prevenir la mortal carrera nuclear, debido a que las condiciones para que esto suceda están cada vez más presentes y, por lo tanto, se puede y se debe subrayar la relevancia de las estrategias provisorias en bien de la humanidad y de nuestra Madre Tierra.

 

En este entendido, desde la Segunda Guerra Mundial, se supone que la comunidad internacional se ha estructurado en normas e instituciones multilaterales y en concepciones que facilitan una comprensión común de la realidad internacional; hoy el equilibrio entre actores está cambiando, y queda por ver hasta qué punto esto afectará a estas normas, a las instituciones y los conceptos.

La fragmentación del poder y la complejidad generada por el «Nuevo orden mundial» hacen que descifrar el presente —y no digamos el futuro— sea cada vez más difícil.

 

Por consiguiente, ese inquietante «orden mundial» no es un régimen que debamos descubrir a medida que se nos revela, sino un sistema social que debemos construir en base a iniciativas concretas y alentadas por la dignidad, la justica, el respeto y los derechos universales.

 

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